En los últimos años hemos conseguido disponer de herramientas capaces de mejorar nuestras vida pero… ¿sabemos utilizarlas como se debe?
Hay muy pocas veces en medicina en las que uno puede decir que está viviendo un momento histórico. Creo que con los medicamentos agonistas del receptor GLP-1 estamos precisamente ahí.
En apenas unos años hemos pasado de hablar de la obesidad como un problema casi irresoluble para muchas personas a disponer de herramientas capaces de cambiar vidas. Y no, no es una exageración.
Durante décadas hemos repetido a quienes tenían obesidad que comieran menos y se movieran más, como si todo dependiera exclusivamente de la fuerza de voluntad. Hoy sabemos que no era así. La obesidad es una enfermedad compleja, crónica y multifactorial. Y, como ocurre con otras enfermedades, hay personas que necesitan ayuda médica para poder controlarla. Ahí es donde aparecen los fármacos GLP-1.
Su capacidad para disminuir el apetito, mejorar la sensación de saciedad y ayudar a perder una cantidad importante de peso ha supuesto un antes y un después. Pero quizá lo más relevante no sea únicamente la báscula. Reducir una obesidad importante significa disminuir el riesgo de diabetes tipo 2, mejorar la hipertensión, la apnea del sueño, el hígado graso, el dolor articular y, en muchos pacientes, reducir el riesgo cardiovascular. Estamos hablando de ganar calidad de vida y, en muchos casos, también años de vida.
Eso merece ser celebrado.
Sin embargo, como ocurre casi siempre que aparece una herramienta extraordinaria, también existe el riesgo de utilizarla mal. Y es ahí donde empieza mi preocupación.
Cuidado con el mal uso
Cada vez veo más personas que buscan estos medicamentos no porque padezcan obesidad, sino porque quieren perder cuatro o cinco kilos antes del verano, entrar en un vestido para una boda o parecerse a la última fotografía que han visto en redes sociales. Ese nunca fue el objetivo.
Medicalizar una situación que no lo necesita es un error. Pero todavía lo es más pensar que estos tratamientos sustituyen a los hábitos de vida. Porque no lo hacen.
El medicamento puede reducir el hambre. Puede ayudar enormemente durante el proceso. Incluso puede hacer posible una pérdida de peso que antes parecía inalcanzable. Pero no enseña a comer, no mejora por sí solo la relación con la comida ni hace que una persona aprenda a organizar sus compras, a cocinar mejor, a dormir más horas o a dejar de utilizar la comida como refugio emocional.
Y cuando el tratamiento termina, si nada de eso ha cambiado, el riesgo de recuperar el peso vuelve a aparecer.
Por eso siempre digo que estos fármacos no deberían entenderse como el tratamiento, sino como una parte del tratamiento. La verdadera transformación ocurre cuando la medicación permite que el paciente tenga la tranquilidad suficiente para empezar a construir hábitos que antes eran prácticamente imposibles.
Uso sin juicios ni prejuicios
También debemos evitar otro error: convertir estos medicamentos en motivo de juicio. Ni quien los utiliza está haciendo trampa, ni quien consigue adelgazar sin ellos es mejor paciente. Cada persona tiene una situación clínica distinta y las decisiones deben tomarse junto a profesionales sanitarios que valoren riesgos, beneficios e indicaciones.
La obesidad necesita menos prejuicios, más ciencia y más humanización. Probablemente dentro de unos años veremos estos tratamientos como hoy vemos los antihipertensivos o los fármacos para reducir el colesterol: herramientas eficaces para quienes realmente las necesitan.
Pero para llegar a ese punto debemos evitar la banalización. No son medicamentos para cumplir un canon estético. No son una licencia para seguir manteniendo los hábitos que nos llevaron a enfermar. Y, desde luego, no son una solución mágica.
Son una oportunidad. Una oportunidad enorme para miles de personas que llevaban años luchando contra una enfermedad que demasiadas veces se confundió con falta de voluntad.
Aprovechar esa oportunidad depende de la medicina, de los profesionales sanitarios y también de cada uno de nosotros. Porque perder peso puede cambiar una cifra en la báscula. Aprender a vivir de otra manera puede cambiar una vida entera.
Artículo tomado de 20minutos, lea el original aquí.